Cuando ya habíamos decidido que el destino de estas
vacaciones sería la Isla de Boracay en Filipinas comencé con mi usual compulsión
de acumular información del viaje, de manera que casi ningún detalle pudiese
quedar al azar. Esto incluye el ticket de avión más barato, buscar hotel bien
ubicado y al mejor precio, traslados de aeropuerto a destino, datos, fotos,
blogs de viajeros, sitios web, horas y horas de fantasear con el control de tener todo bien cubierto. Y he aquí que se
aplica, una vez más, la frase de nuestro amigo Gio: “Si quieres hacer reir a Dios
a carcajadas, solo cuéntale de tus planes”.
En Manila, tomamos el vuelo camino a Kalibo, localidad que
marca la ruta más habitual para llegar a nuestro destino, y como ya anticipé,
al arribar al aeropuerto yo lo tenía todo planificado. El manual recolectado de
Internet decía que había que mirar los puestos de atención ubicados alrededor
de la cinta transportadora que ofrecían el traslado conjunto tipo 2x1, es
decir, bus hasta el pueblito de Caticlan y desde ahí ferry hasta Boracay, todo
operado por la misma empresa. Por ello, tomamos las maletas y nos fuimos prestamente
a comprar los tickets. Pero algo andaba
mal, las chicas de los counters como que miraban para el lado, con poco interés
de vender pasajes, haciéndose “las locas” o con la boca media chueca como que
estaban complicadas. Sin importar lo que a gritos me decía el lenguaje gestual,
fui y pedí mis tickets. La canción fue la misma en todas partes “sólo le
podemos ofrecer el traslado a Caticlan, pero no el ferry” ¿La razón? Un nuevo
tifón azotaba Filipinas (recordemos que hace sólo unos meses tuvieron la
tragedia del Haiyan) - “No le aconsejo tomar embarcación alguna, es muy
peligroso” - Yo miré al cielo para mi particular evaluación del clima y ni
siquiera llovía. Me pareció tan incoherente que no tomé mayor atención y compré
no más el bus confiando que en la estación de Caticlan habría gente más sensata
y con mejor sentido de predicción meteorológica que estas “alharacas”.
Luego de una hora y media en van, serpenteando la selvática geografía
filipina y acompañado de varios turistas -lo que reforzaba mi convicción de que
nos habían dado una información errónea o tendenciosa- llegamos al Jeti Port de
Caticlan. Era un lugar techado tipo sala de espera en que debían caber unas 200
personas. Pero ¡ohhh, porfiada realidad! Ya había unos 600 turistas que abarrotaban
y hormigueaban por el estrecho espacio, las boleterías estaban cerradas y un
caos total reinaba en el lugar. Ahí recién entré en razón, las muchachas del
aeropuerto no eran tan mensas. Le pregunté a un guardia que custodiaba una
cinta de control de equipaje y me ratificó “la autoridad ha suspendido el cruce
a la isla por el tifón”.
Acá, un importante paréntesis pues en esto tengo “carrete”…
Como diez años atrás nos fuimos de vacaciones en pleno verano chileno a
Frutillar, un famoso destino turístico en el sur de mi país, ubicado a orillas
del lago Llanquihue. Eran nuestras primeras vacaciones con buen presupuesto
como familia después de unos años de vacas flacas. Así que decidimos tomarnos extensas
dos semanas, arrendar una linda cabaña a orillas de la playa, ir con nuestra
nana para que cuidara a los niños que estaban chiquitos y pudiéramos disfrutar
más en pareja, en fin. ¿Y qué resultó? Fiasco total… nos tocó un temporal en
que de los 15 días, llovieron 13, con frío y viento más encima, un episodio climático que no se veía en décadas
en esas fechas. Nos pasamos encerrados y neuróticos, los niños estaban hiperquinéticos
- eléctricos al no poder salir. Los terminamos llevando casi a diario al cine o
a juegos electrónicos tipo flipper en el mall de Puerto Montt, ciudad que queda
a bastantes kilómetros de distancia, y a otros malos y poco saludables panoramas
indoor…. pésimo.
Y entonces decidimos elegir en el verano siguiente un
destino donde el mal tiempo fuera “casi” imposible, nos tomamos también más de
diez días en pleno trópico, la afamada Buzios, en Brasil. Mal auspicio, cuando
llegamos estaba lloviendo pero no dimos mayor atención era algo normal en aquel
ambiente. Mas al día siguiente no paraba la lluvia, nos metimos a un café
internet a peguntar el estado del tiempo y el tipo que nos atendió nos contó
que por primera vez en el siglo había un temporal tremendo en Brasil que
duraría diez días seguidos. Nos mostró las noticias en la TV y se podían ver
derrumbes de tierra por la lluvia en Rio de Janeiro, inundaciones, muertos,
lluvia, agua y acaba de mundo. Según el pronóstico del tiempo la irracionalidad
climática acabaría justo el día que nos íbamos. Yo casi me puse a llorar, era
muy “mala pata”. Fue tanto el shock que con la Patty decidimos deliberadamente
perder contacto con la realidad y tomar una
actitud autista y altanera frente el
clima. O sea, mientras se la pelaba
lloviendo nos íbamos con nuestras toallas, gorros, baldes para los niños,
quitasol, protector solar y todo lo demás a la playa como si fuesen los días
más hermosos del mundo, nos bañamos en la playas desiertas e hicimos
abstracción casi psicotrópica del sentido común. Los brasileños con parcas y
muertos de frio nos miraban como locos.
Meses después me tocó por trabajo ir a Guadalajara y sufrí otros
temporales imposibles dignos del
cretácico. Era como las caricaturas de la
Pantera Rosa, la nube negra del mal tiempo me perseguía sólo a mí. Luego los
dioses entraron en razón, sólo era un mortal anónimo que no merecía tanto
castigo y al cabo de cómo 5 años el calentamiento global dejo de ensañarse sólo
conmigo.
Continuará....
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