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lunes, 10 de junio de 2013

Estresado por el Taichi en Chile y China Parte II

Una vida equilibrada espiritual, emocional y laboralmente ayuda a tener una existencia armoniosa, combatir el estrés y tomarse las cosas con calma. Esa fue mi súper cliché conclusión al salir de la tina que es algo así como mi templo de las reflexiones y los análisis. Varias de mis más importantes decisiones vitales las he tomado en conjunto con Manfred, mi patito de hule.

Este tiempo en China h...a sido de gran presión y estrés y necesitaba una actividad que me sacara del trabajo y las preocupaciones. Le pedí ayuda a mi gran amigo Gonzalo López Pardo en Chile que es maestro de yoga, el me recomendó su disciplina pero en China no hay Yoga meditativo sinó más bien gimnástico que no me gusta. Y así, sin aprender que la historia es para no repetir los errores del pasado, me inscribí en taichí .

 El grupo es liderado por una profesora delgadita y pequeña muy exigente y unos siete a diez chinos. Todos se juntan al borde de un lindo parque que hay acá abajo de mi condominio.
El ejercicio comienza con el calentamiento que consiste en ir siguiendo a la maestra en el movimiento de cada una de las partes del cuerpo en forma circular. Al final se hace una elongación tocándose parado la punta de los pies y luego inclinándose en el suelo con las piernas totalmente estiradas y abiertas para un lado y para otro. Todo esto último un imposible total para mí que desde que era bebé y me chupaba mi pie nunca más he logrado estirarme con flexibilidad. Esto que para mis compañeros orientales es solo una previa a mí me deja duchado de sudor, agarrotado y extenuado.
 A continuación vienen unos movimientos básicos del taichí en coordinación con movimientos de piernas y brazos hacia derecha e izquierda que más o menos logré captar como a la cuarta clase.
El momento crucial es cuando la Laoshi (profesora) pone una música china zen con su parlante portátil muy kitsch de figura de auto que se le iluminan sus foquitos de colores y mis compañeros se ponen a hacer los ochenta y seis set de movimientos que incluye la disciplina. Un baile portentoso, a ritmo lento, con giros, llaves, saltos, contorsiones, etc. Todos en perfecta coordinación con su propio cuerpo y entre el grupo mismo. Les pones trajes tradicionales del país y perfectamente puedes creer que se trata del ballet nacional de China, son secos. La primera clase le pregunté a la profesora que balbucea inglés cuanto tiempo toma lograr todos estos movimientos esperando que me respondiera algo así como diez años o toda una vida de trabajo. Me respondió "solo tres meses". Efectivamente, mis gráciles compañeros muchos de ellos sólo llevan un tiempo en clases, otros, un par de años. Ahí se me hizo un cortocircuito, para mí sólo hacer uno de esos movimientos puede tardarme los tres meses y el total tres generaciones o lo que dure la raza humana en la Tierra.

Mientras los chinos hacían su rutina de movimientos que dura como treinta minutos la profesora me ponía en una posición con las piernas medio flectadas, mirando al horizonte con los brazos hacia adelante y los pulgares hacia arriba, tal como se ve en la foto que adjunté arriba. Como los guardias ingleses del palacio de Buckingham casi sin pestañar en "situación de momia es". Siendo una posición habitual del taichí es como estar castigado con el gorro de burro.

Luego, la clase continua con una sesión de elongación que consiste en acercarse a un muro y suspender en 75 grados cada pierna apoyándola en la pared y quedarse así unos diez minutos por cada una. Otra tortura china que mientras la hago requiero concentración total, mientras sudo y tiemblo como jalea y que para mis amarillos compañeros es como un minuto social para conversar hablar de la vida y los dumplings con sus extremidades extendidas.

Ya llevo cumplidas doce clases y he llegado a la conclusión que con Manfred tomamos una mala decisión. La profesora ya perdió toda la paciencia conmigo. No puede creer que a duras penas he aprendido y mal, uno de los 86 set de ejercicios . Se para al frente mío y trata de que siga sus movimientos de brazos y siempre me enredo y los hago al revés por el efecto espejo de tenerla al frente y por ser negadísimo para estas cosas. Se desespera que mis piernas no se muevan de manera armónica con mis brazos y muchas veces se agacha y me las mueve ella como si yo fuera una marioneta y tratando de comprobar si son de palo y si los extraterrestres de Chile tenemos articulaciones.

Claramente la tengo desconcertada y le habla a mis compañeros en chino repitiendo la palabra Laowai (extranjero) tomándose el pelo, agarrándose la cabeza y con cara de desesperación. La logré sacar de su punto zen, le tengo hinchado el yin y el yang.

Igual trata de ser amable, me pasó un libro y un video para que estudie tres horas diarias taichí. Yo le explico que no lo haré porque este espacio es para relajarme y distraerme no para estudiar y estresarme. Para eso está el trabajo. Y trata de entenderme. Pero va contra la naturaleza de ellos. Como ya he explicado para los chinos no hay actividad sin rigor, estudio y dedicación. Relajarse es un concepto para los extranjeros.

En conclusión estoy esperando que se me cumplan los plazos y luego a buscar otra cosa. ¿Serviré para el circo chino?

miércoles, 22 de mayo de 2013

Estresado por el Taichi en Chile y China


A mis veintitantos, recién salido de la universidad y ante las entusiastas recomendaciones de un primo,  me metí al Instituto de Cultura China de Santiago a practicar Taichi. Lo hice en un 5% por hacer una actividad física recreativa y en un 95% para encontrar polola (novia) que era mi obsesión compulsiva en esos años. Qué reconfortante la libertad de decirlo hoy sin mucha vergüenza, casi cualquier cosa que hacía en esos tiempos era pensando en mujeres. Esto es como "una salida del clóset" de los nerd como yo.

Pagué caro: matrícula y como doce cuotas, al estilo universidad privada y quede así amarrado económicamente por unos buenos meses a las profundas enseñanzas motoras-filosóficas del gigante asiático.

Éramos como sesenta personas y obviamente que Murphy metió su cola y  resultó que no había ninguna chica guapa, ni medio guapa,  sino un gran número de señoras de edad, viejitos y uno que otro adefesio como yo.

El profesor no era chino sino un muchacho joven, flaco, bajito y de barba. Levemente carismático, no muy simpático, y - algo que me chocó desde el principio - es que en cada descanso de los ejercicios se fumaba un cigarrillo. Nunca he entendido a la gente que hace actividades "naturales" y al mismo tiempo se contamina el cuerpo.

Respecto a cómo me fue, valga una introducción que mis compañeros del colegio podrán refrendar. Yo soy descoordinado, pero no así como solo "descordinadito", sino horrible profunda y severamente, descoordinado. Es casi un talento, creo poderle dar a mi país una medalla si hubiese una olimpiada de los discordes. Cuando estaba en gimnasia en secundaria y el profesor nos hacía los típicos ejercicios de abrir y cerrar los brazos al mismo tiempo que las piernas, avanzar para un lado a la izquierda y luego a la derecha, yo parecía un personaje de comedia gringa, todos iban para un lado y yo cual pájaro apostonado aleteando lastimosamente me iba para el otro, dañando estéticamente la performance del grupo.

Peor aún, adquirí el elemental concepto de izquierda y derecha de "Plaza Sésamo" cuando aprendí a manejar o sea recién a los 23 años y, a leer los relojes de palitos no digitales como a los 25 (y aún me cuesta). O sea mal. Jamás debí pasar el pre kínder. Esto es como otra confesión de "salida del clóset", pero ahora de los tontos.

Y bueno con esa pobre "base" como dicen los profesores me aventuré al Taichi. ¿Cómo resultó? Acá una breve cronología:

Clase 1:  El profesor nos hizo el calentamiento inicial que es parte de la rutina e incluye  movimientos circulares y de elongación  de todo el cuerpo, entre ellos el típico de doblar el cuerpo inclinado y tocarse los pies con las manos estando parado, cuestión en la cual mi récord es solo llegar hasta las rodillas, pero traté con optimismo en el futuro. Luego, nos enseñó la primera rutina y más elemental  de movimientos básicos. Brazos, manos y piernas en acción en gráciles posturas orientales en cámara lenta. Gente hábil lo aprendió rápido y a la primera.

Clase 2: Nuevamente calentamiento, otra vez mis manos en la elongación apenas hasta la rodilla. El profesor se aventura a enseñar la segunda rutina de movimientos. Un grupo de mis admirables compañeros más hábiles la captan de inmediato y otro grupo, al que pertenezco, seguimos reforzando la primera rutina. Más de la mitad logran pasar a la parte dos y otros seguimos entusiastas intentando la uno.

Clase 3: Sigo ya un poco frustrado sin elongar más allá de la rodilla. El profesor va por la rutina tres y cuatro y mis odiosos compañeros que se creen chinos, de nuevo la aprenden a la primera. Otro grupo practica la dos y como cinco giles nos seguimos quedando en la uno.

Clase 4: Odiaba elongar, lo asumí. Los desgraciados bailarines alma de "wantan" se aprenden dos rutinas más. El grupo del medio progresa y avanza a nuevas lecciones. En la división porra del Taichi, incapaz de pasar la primera lección me quedo solo con mi compañera, una gordita con problemas de gota y artritis, y don Manuel, un caballero cercano a los ochenta con vacíos de memoria.

Clase 5: ¡Bravo don Manuel!!! Lo logró. Yo y la gordita seguimos en el grupo de rezago.

Clase 6: No hago la puta elongación. La maldita gordita pasa a la rutina dos. Soy el único pelotudo que en doce horas de Taichi no es capaz de coordinar unos ejercicios muy básicos de mover las manitas, bajar y subir brazos,  mientras el 90% se mueve cual si fueran el equipo olímpico de Rumania. Posibilidad de polola: cero, la gordita no es mi tipo y, además, me siento  humillado por ella.

Clase 7: Directo a la oficina de administración del instituto a rogar que me devuelvan parte de la plata y los anticipos. Es lo único en que me fue más o menos bien en mi clase de Taichi.

Con este penoso antecedente, veinte años después, y harto más viejo se me ocurre en la mismísima China volver a intentar el Taichi. La próxima lo cuento.